14 MAY.

2020

Covid-19 , Renta fija , Nicolas Forest , Temas

En favor de una deuda europea común

¿Quién pagará la deuda? Incluso en estos tiempos oscuros, esta llamada al realismo más acerado podría no ser tan incoherente como parece, en la medida en que la deuda de los Estados ha pasado a estar fuera de control en solo unos meses. Del desconfinamiento de la población al desconfinamiento de la deuda, la incertidumbre es la misma.  

Hoy, en un momento en el que el mundo avanza hacia una fase de desconfinamiento sanitario, ¿cómo pensar el futuro de la política monetaria y presupuestaria en Europa? ¿Cómo continuar siendo una zona monetaria unida con una deuda italiana que representa el doble de la deuda alemana? ¿Debemos volver al modelo «anterior»? ¿Relanzar el turismo de masas, la globalización extrema, la producción incontrolada y las inversiones en el petróleo? ¿Debemos cumplir de nuevo los criterios de Maastricht y exigir a los italianos la austeridad presupuestaria como premio a su lucha contra la epidemia?

En los dos próximos años, las diferencias de la deuda entre los países de la zona euro aumentarán. Se habla de que las diferencias pueden alcanzar el 100%. Los países más afectados por el virus -Italia, Francia y España- son los que han aplicado la política de confinamiento más dura, y por extensión, aquéllos cuya deuda se ha incrementado en mayor medida. Por el contrario, Alemania se ha visto menos afectada y parece mejor orientada para un repunte.

Entonces, ¿cuáles son las opciones para gestionar este aumento de la deuda? Consideramos que existen cuatro opciones.

  1. Reducir los déficits y requerir austeridad a los países pobres. Esta opción no es solo política y moralmente complicada, sino que también es económicamente peligrosa. El ejemplo de Grecia ha demostrado que la austeridad podía paradójicamente resultar más nefasta que positiva para el gasto público.
  2. Crear un crecimiento nominal y, por lo tanto, generar inflación. Muy fácil de decir… y muy difícil de hacer, teniendo en cuenta la demografía y la productividad en Europa. Mientras que las tasas de ahorro se mantengan en los niveles más altos, el repunte de la inflación parece poco probable a corto plazo.
  3. Renegociar las deudas demasiado elevadas. Por supuesto, esta opción podría reducir las ratios de endeudamiento, pero resultaría exigente para los bancos y los hogares, cuyos ahorros ya se encuentran invertidos en gran medida en deuda pública, y que deberían echar mano a la cartera… Por otra parte, dicha renegociación resultaría dramática para la continuidad política de la zona euro.
  4. Mutualizar la deuda. Se trata -con mucha diferencia, en nuestra opinión- de la opción con más probabilidades de generar unos efectos positivos a largo plazo. La creación de los Eurobonos permitiría que la zona euro tuviera carácter irreversible y crearía nuevos márgenes de maniobra presupuestarios. Esta deuda se podría gestionar de acuerdo con un sistema de doble nivel: un nivel nacional gestionado por los gobiernos para los gastos del país y un nivel europeo para los nuevos gastos asociados a la pandemia, y también para los nuevos gastos comunes de carácter estructural, como, por ejemplo, la política migratoria o sobre el clima.

Uno de los mayores retos del desconfinamiento será el tratamiento de las desigualdades. Si los gobiernos se empeñan en hacer pagar a los Estados más pobres y más afectados las consecuencias de esta nueva deuda, reforzarán una situación de hecho contra la que debemos luchar con todas nuestras fuerzas -recordemos que la riqueza del 1% de las personas más ricas del planeta se corresponde con la riqueza de 7.000 millones de personas-, lo que favorecería la llegada al poder de los populismos.

Por otra parte, si no se produce una mutualización de la deuda, el regreso a la austeridad presupuestaria de los países europeos inevitablemente pondrá en peligro a la zona euro y a la deuda europea. Con el riesgo de volver a las oleadas de impagos de los años 1930, que fueron la trágica consecuencia de la consigna de Versailles, “Alemania pagará”, o incluso a las consecuencias políticas posteriores que fueron aún más graves.

El principal riesgo, hoy en día, consiste en no cambiar nada. Otro modelo es posible.